sábado, 12 de noviembre de 2016

Cuando un final es más que un final

O el síndrome del vacío existencial al terminar de leer un libro.

¿Has tenido esa sensación de "malparidez" y desubicación al terminar de leer un libro y quedar como suspendido unos minutos u horas, en un limbo de tu vida que no pareciera tener futuro? La pregunta es larga, pero el sentimiento es muy conocido por cualquiera que, sin ser necesariamente un lector empedernido, disfruta de la lectura y devora unos buenos libros al año.


A propósito de este sentimiento, quiero recordar una frase que he escuchado muchas veces pero que no podría identificar un origen o autor claro:  
Después de leer un libro, uno no vuelve a ser el mismo.
 Y es que es muy cierto, el impacto que puede tener un libro sobre una persona, sobre su vida, pensamiento y particularmente, sentimientos. Esto aplica no solamente a los textos narrativos, sino también, y aunque parezca raro, a textos académicos, científicos, etc. Lo importante es cómo sea digerido por el lector. 

A propósito de este sentimiento, quiero añadir uno nuevo que podría ser llamado: El escalofrío de la última línea. ¿A qué se refiere o en que difiere del anterior? Simplemente en que el vacío existencial depende del libro completo, mientras que el escalofrío nace de un pico emotivo (giro dramático, dirían los expertos) en el final del libro (últimas líneas o último párrafo), que al ser totalmente inesperado, te crean una sensación de adrenalina que sientes la necesidad de compartir inmediatamente con alguien.


En esta misma línea, traigo el recuerdo de dos libros que me produjeron ese escalofrío: La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne,y más recientemente, La máquina del tiempo. de HG Wells. 

Por supuesto, solo se trata de una pequeñísima muestra de un universo gigantesco de vacíos existenciales y escalofríos de última línea. Y obviamente, no daré ningún "spoiler" sobre estas dos tramas. Pero recomiendo mucho, a quien no las haya leído, que las disfrute... y a quien conozca más vacíos y escalofríos, a compartir su experiencia conmigo y con los lectores. 

Trató de tener los ojos abiertos, pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de una substancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el hombro.

-Contéstame.
El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.
-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.
-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo pueda perder.
-Es un gallo que no puede perder.
-Pero suponte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
«Y mientras tanto qué comemos», preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.
-Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
-Mierda.
 El Coronel no tiene quien le escriba (Gabriel García Márquez)

Un abrazo lector. 



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